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Música en Todas Partes | Un afortunado cliché

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La columna de Mariana Domínguez Fernández

Con una comunicación muy distinta a la que tenemos y entendemos ahora, los compositores hace siglos estaban, aunque nos sorprenda, al tanto de las vanguardias y las innovaciones musicales. Creadores, intérpretes y orquestas tenían un intercambio muy eficiente y asertivo. El conocimiento se transmitía de diversas maneras, este podía ser entre otros, a través de publicaciones o de manera oral, sin olvidarnos de los viajes que ilustraban enormemente y eran enriquecedores, por ejemplo, Mozart aprendía mucho durante sus giras y viajes, sobre todo cuando visitaba la corte de Mannheim. Como vemos, los compositores se actualizaban, sabían qué y cómo se estaba componiendo, y curiosamente, muchos de estos músicos jamás se conocieron personalmente porque vivían en otros países o continentes, o bien porque tenían vidas muy distintas. Uno de los compositores que estudiaba las obras de sus colegas era Johann Sebastian Bach, quien era un fiel admirador del trabajo de su contemporáneo Antonio Vivaldi, en especial aprendía de él su forma de hacer conciertos. Ambos compositores desarrollaron su trabajo en lo que conocemos como barroco tardío, curiosamente los dos fallecieron un 28 de julio, pero de distinto año, Vivaldi en 1741 y Bach en 1750.

Vivaldi, conocido como Il Prete Rosso, el Cura Rojo, debido a su melena pelirroja, fue un músico y sacerdote veneciano. En la época de Vivaldi era muy común que los sacerdotes tuvieran también habilidades especiales para la música o fueran profesionales de esta disciplina artística, lo anterior no fue propio del continente europeo, en el caso poblano podemos mencionar a los maestros de capilla al frente de la Basílica Catedral durante el virreinato. 

A pesar del enorme y variado catálogo de Antonio Vivaldi, lamentablemente como ha pasado con muchos otros músicos, se conocen y se tocan solo un puñado de sus obras. La frase “Vivaldi compuso 600 veces el mismo concierto” se le ha atribuido a un compositor y a un mal crítico, cualquiera que sea el caso, estos no conocieron ni analizaron a detalle el trabajo de Il Prete Rosso.

Dentro de la llamada “música clásica”, aunque el compositor veneciano perteneció como compartí al “periodo barroco tardío”, Las cuatro estaciones, son parte del repertorio más difundido en la historia de la música occidental. Tan divulgados son estos conciertos que han caído no solo en el lugar común, sino como única referencia del que se cree conocedor de la música de concierto, pero esto no es culpa de Vivaldi, por el contrario, es un mérito. 

La escucha recurrente de Las cuatro estaciones es sin dudarlo un afortunado cliché, mismo que ha acercado a audiencias más amplias a la llamada música clásica. Como anécdota, en varias ocasiones me pidieron hacer de Obertura, programa de radio que conduzco, un espacio donde compartiera “música más ligera” y tan conocida como Las cuatro estaciones de Vivaldi. La sugerencia poco atinada me sorprendió porque de ninguna manera estos trabajos se tratan de obras menores, por otro lado, mi obligación es difundir la música de cientos de compositores, no sólo programar partituras que pueda identificar el público, que además ha escuchado hasta el cansancio prácticamente como única opción. 

El éxito de Las cuatro estaciones se debe únicamente al enorme talento de Antonio Lucio Vivaldi, que afortunadamente encontraron eco en millones de personas y en los medios de comunicación.  

Las cuatro estaciones:

Las cuatro estaciones forman parte de una colección de ocho conciertos para violín y aparecen como Il cimento dell’armonia e dell’inventione, Op. 8, en estos Antonio Vivaldi da muestra de su enorme e inagotable ingenio, no por nada influyó en otros compositores como Johann Sebastian Bach. 

Cabe resaltar que cada uno de estos conciertos va acompañado de una descripción. No hay certeza si fue el propio Vivaldi el autor de los pequeños textos, que, además de ser una valiosa guía para su escucha, son un claro ejemplo de música programática.  En esta obra habría que resaltar el audaz manejo tímbrico que supo aprovechar Vivaldi sobre las cualidades sonoras de cada uno de los instrumentos, por eso con gran facilidad podemos oír el canto de los pájaros, los truenos, la lluvia, etc. 

Vivaldi con mucha seguridad no imaginó que su música iba a transcender. Su catálogo extenso y variado tiene verdaderas joyas que merecen también nuestra atenta escucha, así nos daremos cuenta de que Vivaldi no escribió 600 veces el mismo concierto.  

La estructura de los conciertos corresponde a la forma tradicional en la que encontramos un movimiento rápido seguido de un movimiento lento, finalizando con un movimiento rápido. Aunque Vivaldi no fue el primero, ni el único que tomó las estaciones del año como motivo para componer una obra, Vivaldi supo reflejar como nadie el carácter de las mismas.

Sonetos, textos atribuidos a Antonio Vivaldi:

La primavera (escuchamos el trino de los pájaros y el murmullo del agua)

Llegó la primavera, y los rientes pájaros la saludan con su canto.

Bajo el soplo del céfiro, las fuentes con dulce son discurren entretanto.

Cubren el aire con su negro manto, nuncios electos, trueno y rayo ardientes.

Callados éstos, las aves silentes tornan de nuevo a su canoro encanto.

Y así, sobre el florido ameno prado, al caro murmurar de la arboleda duerme el cabrero con su can al lado.

Pastor y ninfas, en la choza amada, danzan al son de la zampoña leda en esta primavera iluminada.

Nuestra idea de verano ahora es con mucha seguridad muy diferente a la de los tiempos de Vivaldi. Cuando pensamos en verano nos viene la idea de vacaciones con un sol placentero, viajes y fiesta. Ahora imaginemos al pobre Antonio Vivaldi a más de 38 grados en su condición de sacerdote, rodeado de las señoritas huérfanas de la Ospedale della Pietà, ¡qué pesadez!

El verano (hay una atmósfera de un fuerte adormecimiento por el calor que se rompe por una fuerte tormenta)

Bajo dura estación que el sol enciende -mustios hombre y rebaño-, arde el pino.

Suelta el cuco la voz; cuando la entienden, la torcaz canta y da el jilguero un trino Céfiro dulce sopla, más la emprende Bóreas, sin tardar, con su vecino. Llora el zagal, pues temeroso atiende una fiera borrasca y su destino.

Roba a sus miembros laxos el reposo del relámpago el miedo, y truenos fieros y de las moscas el tropel furioso. ¡Ah, que son sus temores verdaderos! Truena y fulmina el cielo y, granizoso, desmocha los trigales altaneros. 

El otoño (alegría de los campesinos por la cosecha) 

EI rústico, con bailes y con cantos, celebra la vendimia y su alborozo del licor de Baco encendidos tantos terminan en el ensueño su gozo.

Se entregan a los bailes y los cantos, al aire que, templado, da alborozo, a la estación, que está invitando a tantos de un dulcísimo sueño al bello gozo.

Cazadores al alba van saliendo con cuernos, escopetas y jaurías.

Huye la fiera, más la van siguiendo; pasmada y laxa por la algarabía de escopetas y perros, va muriendo herida, y amenaza todavía. 

El invierno (una fuerte tormenta azota los alrededores, más tarde nos encontramos a salvos en casa y finaliza esta estación con el deshielo que anuncia la primavera)  

Entre la nieve, tiritar helado al severo soplo de hórrido viento, correr, siempre los pies en movimiento castañear cuando el hielo es extremado.

Los días quietos, ir del fuego al lado mientras fuera la lluvia moja a ciento; caminar sobre el hielo a paso lento; por temor de caer, ser avisado.

Ir firme, resbalar, caerse al suelo, levantarse, corriendo presuroso sin que se rompa y resquebraje el hielo. Sentir que, del cerrado calabozo Bóreas, Siroco y todos alzan vuelo. Esto es Invierno, pero traiga gozo.

Recomiendo que escuchen la versión que nos ofrece la gran violinista alemana Anne-Sophie Mutter: 

Anne-Sophie Mutter /Mutter Virtuosi Ensemble

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