Sicom Opina Con… Enrique Romero Razo
El presidente electo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación ha lanzado un mensaje poderoso, que no puede –ni debe– pasar inadvertido: “Debemos hacer prevalecer la justicia por encima de la frialdad del derecho”.
No es un simple juego de palabras. Es una declaración de principios que desafía una de las zonas más cómodas, y a la vez más peligrosas, de la práctica judicial: la interpretación automática, acrítica, desconectada de la realidad que viven millones de mexicanos.
El derecho, recordó el próximo ministro presidente, “está sujeto a interpretación”. No es palabra sagrada, ni puede asumirse como un dogma inamovible. No es, como él mismo lo dijo, “palabra de Dios”. Y es que muchos se resguardan en el texto para justificar omisiones, abusos o simple deshumanización del proceso judicial. Pero una sentencia puede ser legal y, sin embargo, profundamente injusta.
¿Cuántos fallos en este país se han dictado desde el escritorio, sin mirar el rostro de quienes acuden en busca de esperanza? ¿Cuántas veces la norma ha servido para proteger privilegios en lugar de corregir agravios?
El mensaje del nuevo titular del máximo tribunal es claro: el juzgador no puede encerrarse en su toga ni en la cómoda distancia del expediente. Está obligado a mirar el entorno, a reconocer la desigualdad, la exclusión, la impunidad que marcan la vida cotidiana de millones.
Interpretar el derecho sin atender a la realidad social, es traicionar su sentido. Aplicarlo sin conciencia, es convertirlo en un instrumento frío, ajeno, lejano. Por eso, su llamado es a colocar a la justicia en el centro. A poner al ser humano, no al papel, como medida última de cada decisión.
Es una visión que incomoda a quienes han visto en la ley un refugio de tecnicismos. Pero es, sin duda, la visión que urge en una nación que aún tiene muchas deudas pendientes con su pueblo.