Tras cada ronda de votación, las papeletas se queman. Si no se alcanza una decisión, el humo que emana de la chimenea de la Capilla Sixtina es negro.
Andrea Casco
Tras la vacancia de la sede papal, el Vaticano ha activado el protocolo oficial para iniciar el proceso de elección del nuevo pontífice. Con las banderas izadas a media asta, la Santa Sede notifica al mundo católico y a los líderes internacionales que el trono de Pedro ha quedado oficialmente vacío.
Este periodo marca el final de un papado y el inicio del cónclave, el proceso solemne y reservado mediante el cual se elige al nuevo Papa. En esta ocasión, 135 cardenales menores de 80 años están convocados para participar en la elección, que se celebrará en la Capilla Sixtina.
De los cardenales electores, 53 son europeos, 22 provienen de Asia, 18 de África, 14 de la América Anglófona, 24 de Iberoamérica y 4 de Oceanía. Durante el cónclave, los cardenales permanecen incomunicados del mundo exterior, y emiten su voto de forma secreta. Para que un candidato sea proclamado Papa, debe obtener una mayoría de dos tercios de los votos.
Tras cada ronda de votación, las papeletas se queman. Si no se alcanza una decisión, el humo que emana de la chimenea de la Capilla Sixtina es negro. Cuando se elige al nuevo Papa, el humo es blanco, señal que anuncia al mundo que la Iglesia ya tiene un nuevo líder.
Este proceso milenario garantiza una elección reflexiva y reservada, conforme a las tradiciones de la Iglesia católica, que hoy despide a un pontífice cuyo legado se recordará por su sencillez, su humildad y su impulso reformador.