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“El médico del tiempo”: Bernardo Viveros, el relojero que desafía al olvido en Atlixco

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Atlixco. En un rincón discreto del mercado Benito Juárez, ubicado en el centro de este pueblo mágico, y entre puestos de frutas, ropa y hierbas medicinales, el tiempo no sólo se vende, también se repara.

Por: SICOM-Atlixco

Rodeado de su pareja sentimental, engranes, manecillas, destornilladores diminutos y la paciencia que únicamente dan los años, está Bernardo Viveros Flores: relojero de toda la vida.

Lleva de 37 a 40 años en el oficio. Bernardo es quizá uno de los últimos sobrevivientes de un arte que resiste el paso de la modernidad y el abandono. Lo llaman “el médico del tiempo” no por metáfora romántica, es porque en su pequeño puesto aún se sanan relojes moribundos, se alargan sus vidas y se conservan memorias que laten con cada tic-tac.

“Empezamos vendiendo los relojes. Y muchos me preguntan cómo le hice para aprender o si tuve escuela. Pero la verdad, el mismo mercado fue nuestra escuela”, contó Bernardo con manos curtidas y mirada serena.

Este trabajo, explicó, también tiene sus especialidades: unos se enfocan en hacer cristales, otros maquilan piezas o solo se dedican a la venta. Sin embargo, éste aprendió de todo un poco no por capricho… por necesidad. En el mundo de los oficios está claro la versatilidad no es una virtud, es una forma de supervivencia.

Atrás quedaron los días de gloria de los relojes Casio, esos pequeños prodigios de los ochenta y noventa que llenaban los aparadores. “Antes los Casio venían con muchas piezas. Ahora, todo es un solo integrado que mueve el mecanismo. Ya no se arregla, se reemplaza”, lamentó. Esa lógica del descarte ha sido una de las principales amenazas para los relojeros tradicionales.

En Atlixco el puesto de Bernardo es una cápsula del tiempo. No sólo por los relojes, también por la historia viva que representa. Tres generaciones han pasado por sus manos aprendiendo, vendiendo, ajustando mecanismos. Pero hoy son cada vez menos los que se atreven a seguir.

“No es que ya no queramos. Es que ya casi no hay piezas”, dijo en una frase que resume la lucha silenciosa de los oficios manuales frente a la presunta producción masiva y el olvido.

Mientras en otros espacios los relojes se han vuelto un accesorio de moda o un recuerdo, en el local de Bernardo son herramientas que marcan las horas de una vida. Y con el mercado bullicioso de los alrededores.

Bernardo sigue ahí. Con las herramientas listas y la esperanza de que alguien más quiera aprender. Que el tiempo, después de todo, no se detiene… al menos mientras haya quien lo repare.