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Biosólidos a las parcelas: una solución para el campo mexicano

Publicado

SICOM Noticias

Convertir un residuo en un recurso para recuperar la fertilidad de las parcelas es uno de los principios de la bioeconomía circular. En Atotonilco de Tula, Hidalgo, este propósito tiene un ejemplo concreto: los biosólidos que genera la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) pueden convertirse en un insumo para mejorar los suelos agrícolas.

Los biosólidos son ricos en materia orgánica y pueden aportar beneficios agronómicos importantes. Su incorporación al suelo contribuye a mejorar la fertilidad, la estructura y la capacidad de retención de agua, además de favorecer la disponibilidad de nutrientes para los cultivos.

Su aprovechamiento también reduce la dependencia de insumos químicos y contribuye a recuperar paulatinamente la productividad de las parcelas. De esta manera, un subproducto del tratamiento de aguas residuales puede convertirse en un recurso para el campo y, al mismo tiempo, ayudar a disminuir la cantidad de residuos que terminan en sitios de disposición.

De acuerdo con el Estudio de caso: “Uso agrícola de biosólidos en planta de tratamiento de aguas residuales, Atotonilco de Tula”[1]  —publicado por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (ICCA)— su utilización genera beneficios en tres ámbitos:

  • Agronómico: mejora las condiciones físicas y la fertilidad del suelo, así como su capacidad para retener agua y nutrientes.
  • Ambiental: permite aprovechar residuos, reducir su disposición final y favorecer el almacenamiento de carbono en el suelo.
  • Social y económico: genera empleos relacionados con el transporte, aplicación e investigación, además de ofrecer a las y los productores un insumo orgánico de origen local.

Así, los biosólidos representan una oportunidad para avanzar hacia una agricultura más sostenible y aprovechar de manera integral los recursos que existen en el país.

Atotonilco, un ejemplo de economía circular

Esta posibilidad surge en una infraestructura de enormes dimensiones. La PTAR de Atotonilco de Tula es la instalación de tratamiento de aguas residuales más grande del mundo, construida en una sola fase. Cuenta con 161 hectáreas y una inversión superior a 10 mil millones de pesos.

En operación desde diciembre de 2017, trata hasta 60 por ciento de las aguas residuales de la Ciudad de México, provenientes del Túnel Emisor Oriente, el Túnel Emisor Central y el río El Salto Tlamaco.

La planta emplea procesos biológicos y químicos para el tratamiento del agua. Una vez concluido el proceso, el agua es clorada y puede destinarse a usos agrícolas, de acuerdo con la normatividad aplicable.

Pero el resultado del tratamiento no es únicamente agua. La planta genera también biogás y biosólidos. El primero es aprovechado para la cogeneración de electricidad, mientras que los segundos representan una oportunidad todavía mayor para cerrar el ciclo de aprovechamiento de los recursos.

Del tratamiento de aguas a la recuperación de los suelos del campo mexicano

El subsecretario de Agricultura de Hidalgo, Agustín Soto, plantea que el aprovechamiento agrícola de estos biosólidos contribuye a recuperar significativamente los suelos y reducir, con el tiempo, la necesidad de fertilizantes químicos.

La propuesta coincide con la visión de bioeconomía agrícola que impulsa la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (AGRICULTURA), con el apoyo del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), a través de la Propuesta de Estrategia Sectorial de Bioeconomía Agrícola para México (ESBAM).

La estrategia busca que los recursos biológicos y los residuos sean aprovechados de manera más eficiente, mediante prácticas sostenibles, innovación y el desarrollo de nuevos bionegocios.

En este contexto, llevar los biosólidos de Atotonilco a las parcelas permitiría conectar dos necesidades: el manejo responsable de los residuos y la recuperación de suelos agrícolas.

El desafío: garantizar un uso seguro

Para que este potencial se convierta en una realidad, existen desafíos que deben atenderse. El uso agrícola de biosólidos requiere tratamientos y controles rigurosos que permitan garantizar que estén libres de niveles riesgosos de patógenos y metales pesados.

También es necesario contar con infraestructura para su transporte y aplicación, así como generar información y confianza entre productores y consumidores sobre sus beneficios y condiciones de uso.

Otro pendiente es revisar y actualizar el marco normativo, particularmente la NOM-004-SEMARNAT-2002, para brindar mayor certeza sobre el aprovechamiento seguro de biosólidos provenientes de plantas de tratamiento de aguas residuales en actividades agrícolas.

El reto, por tanto, no es solamente llevar los biosólidos a las parcelas, sino hacerlo bajo criterios científicos, ambientales y sanitarios que garanticen su aprovechamiento responsable.

Porque detrás de esta propuesta hay una idea sencilla, pero poderosa: lo que hoy se considera un residuo puede convertirse mañana en materia orgánica, nutrientes y vida para un suelo que necesita recuperarse. En Atotonilco de Tula, la bioeconomía circular ofrece una oportunidad para que el desecho de una megaciudad encuentre un nuevo destino: contribuir a la recuperación del campo mexicano.

 

FM